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El Universal | Miren estas ironías monstruosas!: cómo se celebró en Venezuela (1992), un 12 de octubre asesinando indígenas…

José  Sant  Roz

1- En este 12 de octubre vemos cómo siguen matando indígenas en Ecuador. Pero igualmente también lo siguen haciendo presidentes pro-europeos y pro-gringos, en Colombia, Paraguay, Perú, México, Guatemala, Honduras, El Salvador, Chile, Argentina, Brasil,…

2- Ocurrió un hecho insólito en Venezuela, el 12 de octubre de 1992. Ya llevábamos unos ocho meses haber estallado la rebelión del Sur protagonizada por el Comandante Hugo Chávez. De pronto sonaron ráfagas de disparos contra indígenas y todo el mundo lo vio por los canales de televisión: se estaba otra vez celebrando el famoso V Centenario del «descubrimiento» en Venezuela con sangre y pólvora. Sucedió el 12 de octubre de 1992. Me encontraba en el momento de la matanza, haciéndole una visita al director del diario «El Correo de Los Andes» (en Mérida). Una llamada telefónica produjo un gran revuelo en la redacción: «¡Ha habido un atentado contra el presidente Carlos Andrés Pérez!», y todo el que pudo corrió a los teléfonos (fijos de entonces) para llamar a Maracaibo y a Caracas; comenzaron a sintonizarse las radios y a ver qué echaban los canales de televisión…

2- Ocurrió el hecho, mientras el presidente CAP, algunos ministros y el gobernador del Zulia, inauguraban un hospital binacional en la región indígena de Paraguaipoa. Se hizo necesario confirmarlo por distintos medios. El director de «El Correo de Los Andes» pidió calma a sus empleados que ya querían hacer correr la noticias con piquetes y elucubraciones; se sintonizó a radio Caracol de Colombia, se encendió la televisión y se estuvo atento a lo que pudieran decir los cables internacionales.

3- Entretanto, aproveché el tiempo para retirarme a un cuarto y retocar un trabajo lírico («Oda al zamuro») del poeta Antonio Febres Cordero. Cuando bajaba a la sala de montaje y diagramación, escuché atronadores aplausos por lo que estaba sucediendo en Paraguaipoa contra CAP. Pensé en la gente que tuvo el valor de atacar la comitiva del presidente de la república. ¿Cómo fue que llegaron tan lejos para intentarlo?

4- Comenzaban a llegar las primeras informaciones confirmadas, y me llamó la atención la gran cantidad de personas heridas, varias docenas.

5- De vuelta a casa encendí el televisor. Ya presentía una caravana de elevadísimas personalidades desfilando ante las cámaras instaladas en Miraflores; esas eminencias con aspectos ceñudos y lastimosos que por lo general velan muecas y pensamientos obscenos y sucios en su interior, porque así eran los dirigentes que controlaban el poder entonces; todos aquellos señorones están poniendo de relieve el tema de la eterna reflexión, como si una cuerda de viejos malévolos y cínicos y de jóvenes podridos antes de madurar, pudieran tener condiciones para la reflexión.

6- Pero en los «análisis» los canales nacionales no mostraban para nada las imágenes de lo ocurrido. Hubo que buscarse canales internacionales en los que sí se vieron algunas escenas en el hospital de Paraguaipoa: los militares con pistola en mano corriendo, desorientados por todas partes; un hombre con una herida en los brazos, chorreando sangre, otro con un niño que pedía auxilio. Vi al ministro de Sanidad con la palidez ceniza de los muertos, consternado y aterrado al mismo tiempo. Como las imágenes las presentaban sin editar, se escuchaban voces: «ya los mataron; ellos huyeron en un camioneta…».

7- Yo imaginaba que los terroristas habían pasado cerca de la comitiva presidencial y habían lanzado una ráfaga y luego se habían dado a la fuga. Eso era cuanto deducía de lo que estaba viendo. Según todos los comentarios el presidente al regresar a Caracas se había asilado   en La Casona.

8- El otro lado irónico de la situación era que algunos de los que habían ido a celebrar la inauguración del hospital, y a dar hurras por la salud y las atenciones médicas, ahora lo estaban atendiendo con heridas mortales y a la vez con las típicas deficiencias que suelen presentar estas dependencias aunque sean muy nuevas.

9- Procuré imaginar el terror que embargó a CAP y a su comitiva, pues estos señores, aunque lo nieguen vivían en un estado de permanente pánico. Yo particularmente nunca creí en la valentía de Carlos Andrés Pérez desde aquella época en que lo pusieron por las nubes siendo ministro de Relaciones Interiores de Rómulo Betancourt, y se hartó de matar miricos y comunistas con el apoyo del gobierno norteamericano. Porque coraje y temeridad ante las injusticias no la tuvo contra los empecinados estafadores y esquilmadores de esta nación, de modo que muy mal quedaban los que le adjudicaban alguna voluntad de arrostrar adversidades terribles cuando en verdad lo que e´l hacía era defender sus parcelas de intereses donde pululan tantos de sus amigos ladrones; con celo admirable y testarudez muy adeca había sabido conservar y proteger su poder.

10- Añadiendo, que mejores que CAP no lo eran en absoluto, por ejemplo, Arturo Uslar Pietri, el mismo Rafael Caldera, Ramón J. Velázquez, Ramón Escovar Salom, quienes andaban desesperadamente serruchándole la silla. El problema real se encontraba en la camisa de fuerza de un sistema conformado por una masa estúpida y una élite intelectual castrada o prostituida.

11- Volviendo a lo de la matanza de aquel lunes, me llamaba sobre manera la atención que los abaleados fueran indios. Cuando en Paraguaipoa la metralla de la escolta presidencial escupía plomo parejo, el Papa Juan Pablo II, en visita a Santo Domingo, pedía perdón por la sangrienta evangelización.  El Papa haciendo la Cruz en el Cielo, leyendo un discurso en español, oraba porque los indios, a pesar de las muchas pérdidas, habían al menos conquistado ciertos derechos. Y en aquel momento, cuando ya supuestamente no había conquistadores, me daba cuenta de que nosotros (mulatos y tatatatataranietos de aquellos carajos «insidiosos y asesinos» !ZÁNGANOS!), nos estábamos comportando «adecentando»: no nos estaban empalando aquel 12 de octubre de 1992 ni nos estaban aperreando, ni aplicándonos aquellas fórmulas descuartizadoras a la luz de todo el mundo; no nos estaban tampoco aplicando los ahorcamientos ni el garrote vil. Lo nuevo es, que bajo el papel de «propietarios» de la republiquetas latinoamericanas, ametralladora en mano, mediante recetas del FMI ordenada por EE UU y la Unión Europea, se siguen ejecutando el mismo papel de aquellos conquistadores y colonizadores godos.

12- Yo lo venía recalcando: Venezuela es de los gringos. Aquí uno carecía de derecho hasta para respirar. Esta tierra se la habían cogido los vivos, una cuerda de extranjeros sin escrúpulos. A nosotros nos habían dejado el hueso pelado para que representáramos de vez en cuando el escenario de unos mulatos «en libertad»: la figura de unos negros, indios o seudoblancos que parloteaban eufóricos: «¡vayamos a Sábado Sensacional, cabrón!». Esta vaina no era de uno, insisto, cada uno de nosotros estábamos donde estuviésemos como de asomados. Y, por lo tanto, una muy buena trastada nos jugó el hecho del inconsciente colectivo saliéndonos al paso, en medio de la celebración del V Centenario, con el extravío de unos cañones escupiendo balas por todas partes.

13- Los mismos conquistadores del pasado haciendo de las suyas; los nuevos ricos como el porquero Pizarro, que compró su marquesado con el oro de los incas. «Liberales» como el tuerto Almagro y el cura Luque que sellaron con una hostia cortada en tres partes la exterminación de los indios del Perú.

14- Pues bien, ese día lunes, el Conquistador Mayor, Carlos Andrés Pérez, se desvaneció del lugar; salieron los pajes menores, como Luis Piñerúa Órdaz  y Antonio Ledezma a dar la cara por la democracia: «Nada ha pasado, señores, pues que sencillamente sólo murieron unos indios que nadie saben quiénes son y que además carecían de identidad. ¡Sólo eso!» Increíble, parecía decir Antonio Ledezma y compañía: armar un gran escándalo por unos indígenas, qué bolas».

15- Los gringos, inspirados por estas acciones, se entusiasmaban al ver que íbamos adquiriendo la virtud exterminadora que a ellos les hicieron grandes y poderosos (porque se ha visto que esa vaina de conservar indios y negros no ha sido muy «práctica ni útil»), declararon que jamás permitirían un gobierno de facto en Venezuela.

14- Pensar que dos horas antes, en Macuro, ese mismo Conquistador Mayor, Carlos Andrés Pérez, se despepitó en alabanzas de su raza. La llamó la raza indomable, la raza que no ha sido vencida nunca. Claro, hablaba de él. Hablaba de su gente, de la escolta feroz que le rodeaba, de su poder inconmovible y siempre victorioso. Y en contra de la raza de los mulatos que según otros analistas, confundidos, hecho más daño a América que la de muchos conquistadores. La raza de los copiones, la raza de los serviles, la de los mayameros por ejemplo, que no podrá nunca ser vencida porque jamás ha luchado ni ha hecho el menor gesto de atrevimiento contra los arrasadores del Erario Público, y que por supuesto nunca está al frente de ninguna batalla. La raza de los «loros en desarrollo» y de los mulatos recién llegados del Norte: la de los danzantes en cuya cabeza giran los proyectos locos de las reformas más cursis y de los espasmos libertadores y progresistas más absurdos, que nada perecedero y noble son capaces de hacer o de dejar para sus hijos. La raza de los fatuos incoherentes, de los vacíos, de los falsos, cobardes y acribilladores de gente indefensa. La raza que trae escoltas y mercenarios porque no cree en su propia gente. La raza que defiende a sangre y fuego sus riquezas y prebendas; la que ha dejado impresa el estercolero innominable de sus imprevisiones y vagabunderías en todos sus actos…. Las de las momias serenateras de aquel vil Congreso Nacional y de las supremas Cortes de nuestras malditas injusticias.

      Esa era la única raza que cada cual conocía en este país desde que lo parían.

      Esa era la única raza que era oída, atendida y servida en esta «nación».

      Por ello, tal vez, el señor Piñerúa Ordaz había salido diciendo que hay matanzas sin culpables.

Claro, en cuanto a los exterminios de indígenas, desde el «descubrimiento» y la Conquista, aquí no habido quien pague cárcel por esos crímenes: siempre asesinados, siempre esclavizados y despojados de sus medios y de sus tierras.

      Yo, pendejo irreverente de mis porfías, nada tenía en aquella hora qué aportar sino un artículo que mandé al diario «El Globo», que para más inmundicia pertenecía a Nelson Mezerhane.  Así y todo, a uno nadie lo escuchaba cuando se estremecía ante las injusticias y ante las maldades públicas. Yo, pendejo eterno de aquellas calamidades insondables llamadas «descubrimiento», «desarrollo» «progreso»…, debía callar y tragar arena: silencioso, para que los loros de la «civilización» mayamera y los besamanos y eternos celebradores de nuestras academias (… como el señor Guillermo Morón (Mojón)), agitaran a todo dar los emblemas porcinos y malditos de la salvación nacional de la IV podrida república, que en paz descanse.    

@jsantroz

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